De pie en lo alto de la Torre de Nueve Ojos, la mirada se pierde hacia el sur, en la lejanía. Cerca, el tramo de Jiankou de la Gran Muralla, agreste y erosionado por el paso del tiempo, serpentea a lo largo de las crestas montañosas. Sus ladrillos y piedras, desgastados y moteados, conservan las huellas imborrables del tiempo y de los elementos. A decenas de kilómetros, los rascacielos del distrito central de negocios de Pekín se alzan en una sucesión imponente. Se acerca el crepúsculo y las luces de neón aguardan el momento de encenderse, mientras la ciudad late al ritmo vibrante e incesante de la vida urbana. La antigua frontera que antaño protegía estas tierras entabla un silencioso diálogo con la moderna metrópolis que se extiende a lo lejos. Dos mundos radicalmente distintos, separados por siglos de historia, confluyen en una misma panorámica. De repente, las nubes se abren y varios haces de luz celestial se derraman desde el cielo, recorriendo las estribaciones montañosas de suaves ondulaciones antes de extenderse hasta el lejano horizonte urbano.