El final de la primavera se acerca, mientras el inicio del verano aún no llega. Las ruinas de la Gran Muralla en Qingbiankou yacen silenciosas sobre las crestas, como huesos olvidados por el tiempo. El viento sopla desde lejos, rozando los ladrillos desgastados y extendiéndose sobre las colinas cubiertas de almendros en flor. Sus tonos rojo púrpura brillan suavemente, como un fuego que aún no prende, como un cielo que aún no se disipa, floreciendo entre la desolación y la historia. Avanzo despacio por un antiguo sendero, con grava y polvo bajo mis pies, mientras ante mis ojos se abre un mar de flores delicadas. Los ecos de las hogueras de guerra y los cascos de caballos han desaparecido hace tiempo; solo quedan el susurro del viento y las sombras de las flores, murmurando en el límite entre la primavera y el verano.